infancia

Hoy os traigo un nuevo artículo traducido de Mark Sisson en el que habla sobre actividades de la infancia. El artículo de hoy lo publicó hace 7 días. Y cuando lo leí me gustó tanto que quise compartirlo aquí. Aunque si lo prefieres, también puedes leer el original en inglés. Y si todavía no lo has hecho, no dejes de leer el primero que compartí con vosotros en Eva Muerde La Manzana en 2013.

Traducción de Monique Weber (traducido y reproducido con permiso del autor).

 

Esto es lo que podemos aprender de la infancia

Mis dos hijos están crecidos ahora. Pero todavía me gusta recordar los días cuando eran pequeños. Los sigo viendo cubiertos de arena mientras cavan en la playa, esperando, entusiasmados, que la próxima ola les derribe, perdidos en los juegos que sus mentes ansiosas hubieran podido idear ese día.

A pesar de que tenían sus días irascibles (sobre todo cuando estaban cansados o hambrientos) casi siempre eran pura exuberancia y energía sin límite. Una alternancia entre un asombro general ante todo lo que les rodeaba y una concentración absoluta sobre cualquier nuevo tesoro que hubieran podido descubrir.

Todavía no habían absorbido respuestas convencionales o expectativas. Fuera de unas pocas reglas básicas que Carrie y yo priorizamos, les movía el puro instinto. Nos hacían saber lo que querían (abrazos, comida). Y seguramente eran mucho más conscientes de sus necesidades de lo que nosotros, padres cansados y ocupados, lo erámos de las nuestras.

La edad adulta: ¿el fin de la infancia?

De adultos adoptamos tantos “filtros” que diluyen o distorsionan nuestra experiencia de nosotros mismos de muchas maneras. Por no hablar de la aprensión que sentimos hacia las personas y eventos que nos rodean. De hecho, renunciamos a placeres para hacer sitio a más responsabilidades. Y nos negamos hasta necesidades de las más básicas (como el sueño) en nombre de necesidades abstractas o valores sociales.

Además, con el tiempo nos forjamos una definición errónea de lo que constituye el “mundo verdadero”. Y como resultado acabamos con nuestro verdadero bienestar. Quizás la edad adulta – y la salud – no tengan por qué ser tan cuadriculadas y encorsetadas como demasiadas veces las caracterizamos.

Recientemente he enlazado a un par de artículos sobre este tema que llamaron mi atención. En concreto, una investigación que asociaba actividades típicas de la infancia (para adultos) con beneficios para la salud. (Justo cuando nuestros padres pensaban que estábamos perdiendo el tiempo o metiéndonos en problemas…)

Y como nos adentramos en las últimas semanas de verano, pensé que sería una buena oportunidad para hablar sobre cómo el hecho de actuar de la forma que lo hacíamos durante todos estos años (o hace décadas) puede llevar nuestro estilo de vida primal e incluso nuestra salud a otro nivel.

1. Saca los libros para colorear

Este tema acabó en una buena charla de oficina. Resulta que algunos ya estaban al corriente y tenían sus propios alijos. Al parecer, Carl Jung, el fundador de la psicología analítica, les daba a sus pacientes mandalas para trabajar con ellos y colorearlos. Pero no ha sido el único en sugerir coger los lápices de colores.

Otros expertos recomiendan colorear para reducir el estrés. Incluso como forma de meditación. Y un psicólogo menciona el efecto que tiene colorear sobre la disminución de la actividad en la porción cerebral de la amígdala, que ayuda a procesar respuestas emocionales.

Según mis fuentes, estos libros de colorear para adultos (quítate de la cabeza esas ideas sucias) se pueden encontrar online. O en la mayoría de las tiendas de manualidades y arte. Solamente fíjate en Amazon. Cuatro de los diez libros más vendidos son, sí, lo habéis adivinado, libros de colorear para adultos.

2. Súbete a los árboles – o en realidad a cualquier cosa

Durante cientos de miles de años, nuestros antepasados homínidos se subieron a los árboles para cazar y para otros propósitos de supervivencia. Parece ser que esto (al igual que muchas otras prácticas físicas esenciales) dejó su huella en el cerebro humano. Y es curioso cómo funciona eso en el esquema evolutivo de las cosas…

En ese sentido, unos investigadores compararon grupos que hicieron una rutina específica de yoga. En concreto, escucharon una conferencia o practicaron entrenamientos para trabajar la propiocepción de forma intensa. Por ejemplo, subirse a árboles, y dieron a cada uno un test de memoria numérica.

El resultado mostró que los que se habían subido a árboles sobrepasaron con creces a los demás en cuanto a memoria de trabajo. Es decir, ese elemento de cognición que nos ayuda a retener y manipular de forma simultánea múltiples datos. Además, el beneficio propioceptivo – una mejora de la friolera del 50% – se aplica a ejercicios dinámicos que requieren una combinación de sentido de equilibrio físico con movimiento o navegación. Por ejemplo, “balancearse sobre una viga, llevando pesos incómodos y sortear obstáculos”.

¿Cuál es la moraleja de esta historia? Trata el mundo como si fuera tu patio de juegos. Súbete a todo lo que puedas. Y salta lo que puedas (no hace falta que te conviertas en un Premio Darwin). Haz equilibrios a lo largo del bordillo como hacías cuando tenías siete años. Lleva piedras grandes por el patio. O simplemente ofrécete para ayudar a tus amigos a hacer la mudanza.

Desde un punto de vista de ejercicio más formal, MovNat, Parkour y Crossfit tienen todos elementos que se adaptan a este modelo dinámico de propiocepción. Considéralo como la pausa ideal para tu cerebro en el trabajo. Incluso si tu jefe no sabe qué pensar de ti.

3. Encuentra un columpio

Cualquiera que se haya parado cuando hace footing para subirse a un columpio en un parque, entenderá el alivio que unos minutos en el columpio te pueden proporcionar. De hecho, son un arma clave para los fisioterapeutas dado que los columpios involucran el sistema propioceptivo. Sí, igual que subirse a los árboles.

Otra de las funciones del balanceo es el elemento de integración sensorial. Y que tiene una gran importancia en niños con ciertas discapacidades. Sin embargo, también nos puede ayudar a los que simplemente hemos sido bombardeados con demasiados estímulos (corriendo todo el día de un lado para otro entre las masas o el tráfico). O con demasiado pocos (sentados todo el día detrás de una mesa). Las actividades que favorecen la integración sensorial también se consideran especialmente útiles para recuperarse del síndrome post-traumático.

Como puedes ver, son actividades de tu infancia que querrás recuperar hoy en día.

4. Sueña

Es una de las experiencias de la infancia por excelencia. Bueno, excepto para los niños con un montón de actividades extraescolares.

Por ejemplo, perderse en pensamientos aleatorios e inconexos durante largos periodos de tiempo. Puede ser en clase o mirando a través de la ventana del cuadro del salón. No importa. El acto en sí permite a la mente vagar durante un rato beneficiándonos de forma evidente.

Se ha comprobado que soñar aumenta de forma significativa el pensamiento creativo. Así como las habilidades para resolver problemas (con cuotas de mejora en uno de los estudios superando el 40%). Igualmente, estos momentos en los que estamos en las nubes nos ayudan a sintetizar aprendizaje y experiencia. Por lo tanto, ponemos a punto la integración tanto cognitiva como emocional. Ambas necesarias para nuestro bienestar socio-emocional.

Qué te parece hacerte el regalo de no hacer nada. Elude el agobio habitual sobre todas las cosas que “deberías” estar haciendo para ser un miembro productivo de la sociedad. Siéntate o túmbate en un sitio confortable o inspirador (quizás debajo de ese árbol al que acabas de subirte). Y deja vagar tu mente todo lo que quiera, justo como lo hacías en tu infancia.

5. Crea algo – cualquier cosa

¿En qué momento dejamos de ser inventores de nuestras vidas para convertirnos en consumidores de ideas ajenas? ¿Cuándo hemos renunciado al poder que da el crear?

De niños, el deseo de diseñar y formular, construir y modelar parecía innato . Algunos días pintábamos o hacíamos papel maché. Otros hacíamos pasteles de barro, construíamos fuertes con palos y rampas para bicicletas. Lo importante no era el resultado sino la ilusión y el ingenio que poníamos en ello.

Como adultos, todavía podemos adentrarnos en ese instinto. Y el juego de la creación artística ofrece más de lo que nos imaginamos, con poca inversión. No hace falta hacer arte de alto nivel. De hecho, los expertos creen que es el acto de fluir, más que otra cosa, lo que provoca la liberación de dopamina. Así como los beneficios para la regulación emocional.

Tanto la artesanía como el arte, en algunos aspectos, tienen los mismos efectos de reducción de estrés y protección cognitiva que la meditación. Además, nos aporta el beneficio de la adaptación mental pero también de la alegría personal.

Por ejemplo, un estudio mostró que más del 80% de personas que hacían labores de punto y sufrían depresiones declaraban un humor más positivo después de dedicarse a esta labor. Y más del 50% dijeron que se sentían “muy felices”.

Así que tómalo como una excusa para volver a un antiguo hobby. O para explorar uno nuevo. Toma clases de arte o aprende un oficio que te interese. Olvídate de la expectativa perfeccionista que nos impide disfrutar de nuestro lado artístico después de la escuela primaria. Tu bienestar se beneficiará de hacer cosas incluso “mal”.

6. Da más abrazos

Clasifica esto como evidente.

Recuerdo que los abrazos de mis niños iban desde un suave mimo a una acometida a muerte. Sin embargo, para ellos, eran simples gestos de amor y exuberancia. A menos que estén reprimidos por dictados rígidos o poco saludables, los niños buscan de forma innata lo que les hace sentir bien. Y lo que es bueno para ellos (ok, menos el caramelo). Por eso, para ellos los abrazos pueden ser lo más.

De hecho, los abrazos de personas en las que confiamos liberan todas las hormonas que nos hacen sentir bien, desde la serotonina, a la dopamina, la oxytocina. Y tienen efecto protector que se puede prolongar durante gran parte de nuestro día. Además, tanto nuestra presión sanguínea como nuestros níveles de cortisol bajan.

Para empezar, nuestro sistema inmunitario recibe un estímulo y es más difícil que nos pongamos enfermos. No es de extrañar que los niños busquen estos abrazos cuando no se encuentran bien.

Por lo tanto, asegúrate de abrazar más a la gente que está en tu vida. Y aprovéchate también de los efectos que tiene el simple hecho de acariciar a tus mascotas. Ser un adulto no significa ser las figuras incondicionales, independientes (aisladas) que a veces evocamos. Por el contrario, sgnifica tener una relación madura con los demás. Y un compromiso honesto con nuestras propias necesidades e inclinaciones. Sirve a los instintos que te sirven a ti.

7. Haz una siesta

Para terminar, si todo este juego te agota, no olvides el programa de la infancia. En otras palabras: juega duro y descansa profundamente.

Aunque esto creo que es evidente. No obstante, si tienes interés, aquí tenéis una perspectiva primal acerca de estas indulgencias de reposo. Y creo que me aprovecharé de esta actividad hoy.

Gracias por leerme hoy. ¿Qué actividades de la infancia sigues practicando – o querrías practicar más en beneficio de tu salud física y mental? Comparte tus pensamientos en los comentarios y disfruta el resto de la semana.

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